martes, 25 de octubre de 2011

Retrato

Se veía tan sexy en su clase. Ella era la diferente. La linda, la fashion. La de uñas pintadas de un falso rojo carmesí que más bien se asemejaba a un escarlata acaramelado, como quien lo endulza con un baño de miel que despunta los claros matices de un fucsia excéntrico.

Un blanco ceniciento coronaba sus uñas y las dividía en mitades asimétricas. Un hilo de oro lo separaba del intenso rosa con aspecto dulzón.  Debajo del delicado límite boreal, una sucesión de puntos en fila india aconcavaban la figura que coronaba aquella prolongación de células marchitas.

Leyó Cortázar como quiso. Se sabía inteligente, segura, sobrada. Todo le quedaba pequeño, hasta la colosal silla violeta donde se apoltronó a sus anchas como una reina de las Seychelles. 

Todos a su alrededor tenían lentes. Ella también, pero los suyos se abrazaban al delirante iris marrón que apuntalaba el sesgado perfil que poseía.  Sus aires londinenses, su ambición imponderable, sus sueños de canción.

Hablaba en tercera persona y se entendía. El imperativo de su acento la hacía ver –valga esta imprudente redundancia- voyerista. No preguntaba por miradas, solo se las embolsillaba en la chaqueta que cubría sus incipientes senos de maja pueril.

Ni las huellas de una varicela reciente la detenían. Era una atrevida. Una insolente que sufría de convulsiones esporádicas por la hecatombe de sus hormonas desquiciadas. El micro vestido estampado de flores a blanco y negro se quedó esperándolo.

Se marchó porque apagaron la luz.

lunes, 17 de octubre de 2011

Infinito

Danza en el aire. Se desdibuja. Viene y va. Volátil y etéreo. Rastro invisible de odios y amores. Bocanadas sugestivas que emanan de aquel narcótico e irresistible principio. Espiral seductora que resguarda memorias. Recuerdos, arte, melancolía. Aros concéntricos que gravitan en la sombra y se deslizan como el ouroboros que muerde su final.  

jueves, 6 de octubre de 2011

Tributo

El abanico de mi casa era viejo y robusto. Siempre le preguntaba a mi abuelo cómo era que esas verdes aletas de plástico podían provocar tanto viento –aunque dicho sea de paso, la magnitud del ruido que causaban era equiparable a la bendita ventisca-. El viejo nunca me respondía. La monótona réplica consistía en mandarme a peinar morrocoyos.

No sabía lo que quería decir con ello. Incluso, aún ahora lo desconozco. Sin embargo, era esta respuesta la razón de mis incontables horas al lado de Martha, la hicotea; un fallido intento  por tratar de encontrar la melena escondida en su enorme caparazón, el tesoro dentro del baúl. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Una tarde soleada, de esas calurosas típicas del pueblo me fue revelada la cuestión. El abuelo yacía casi inerte en su mágico trono, el mecedor de madera rancia y húmeda que estaba adornado con un fresco florido cuyo autor no mereció ser recordado. Bebía agua para pasar las fresas en almíbar que el viejo Pacho le trajo de su último viaje a la capital. Me miró a los ojos fijamente. La profundidad de su mirada evidenciaba la proximidad de la muerte, pero sobre todo, la acérrima convicción de que no dudaba que eso iba a suceder. Así comenzó su relato:

“En una calle de Tamalameque (donde dicen que sale una llorona loca), aquel pueblito de mis cuitas, de casas pequeñitas, por cuyas calles tranquilas corrió mi juventud, vivía un viejo amargado que sufría de delirio. Estaba loco y creía que el mundo se llamaba Macondo. Se inventaba mil historias, iba de casa en casa narrando cuentos y tejiendo mundos imaginarios. Su apellido no lo recuerdo, sólo se que tenía algo que ver con la realeza, algo así como un marqués. Pero eso no importa, lo importante aquí es que ese viejo demente conocía el origen de todo. Sabía de alquimia y de predicción, de pelotones de fusilamiento y de genética. Conocía en qué generación exacta un hijo de primos nacería con cola de puerco. Fue él mismo quien me explicó cómo el amor se hizo aire. Desentrañó para mí el mecanismo del artefacto que hizo las veces de compañero inseparable, de memoria indeleble. Narró, sin omitir detalle alguno, cómo las alas de mariposa se posaron un día en un imán frenético, un motor imparable –tal cual un corazón- que daba vueltas para emular la acción del viento, y así pudiera rozar perenne, sólo por voluntad de un amante, el rostro de su amada, para que en cada soplo de brisa pudiera sentir su presencia, aun cuando el Atlántico lo impidiera. Él se llamaba Mauricio Babilonia, era aprendiz de mecánico en los talleres de una compañía bananera. A ella le decían Meme, era la menor de una dinastía de soñadores, que con amor, o sin él, no podían resistirse al encanto de engendrar vidas y poblar el mundo. Fueron ellos los que le legaron a la humanidad la certeza de que el amor no sólo te hace sentir mariposas en el estómago, sino que te deja tocarlas y además, son amarillas, aunque hoy las vendan al detal de múltiples colores, amarradas a un pedazo de hierro, y las llamen abanicos.”

Al terminar, el viejo cerró los ojos y cayó en un profundo y eterno sueño.

viernes, 26 de agosto de 2011

Un mes sin Joe, un negro claroooo claroooo

Vino a la ciudad. Vino a trabajar. Aquí está el placer, lo vino a buscar. Fue dejando atrás aquel basural concentrado en prostíbulos de mala muerte que fueron escenarios de regodeo donde la luna inspiraba sus pulmones y el aliento le inundaba el alma. En aquellas épocas sus ansias abundaban. Y su talento también…

Él, que nació en cuna pobre. Él, al que nunca le ha pasado nada. Él, que desde muy niño luchó pa´conseguir la fama. El gran Joe Arroyo de cuna pobre y sueños de alquiler, se fue en medio de titulares de prensa, shows mediáticos, música, llanto y ovaciones.

Fue poeta, músico y loco. Desafió los parámetros de la salsa  y sin proponérselo creó un ritmo que nadie más interpretará igual, el Joeson. Sin pretensiones ni influencias se dio el lujo de ser uno de los cinco colombianos en aparecer en la portada de la revista Rolling Stone. Se ‘tragó’ al mundo con su gira de conciertos y demostró que era el auténtico centurión de la noche.

Fue el responsable de la creación de un galardón especial en los premios Congo de Oro que se entregan en el Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla. Era una avalancha monumental que hacía vibrar a quienes lo escuchaban. Él era un ‘arroyo’ de verdad verdad.

El Joe tocó el cielo con las manos y se asustó. Era un alma de niño encarcelada en una robusta figura de hombre negro de esos que no le temen a nada. Pero el Joe temía. A sus triunfos, a sus glorias, a sus amores, a sus vicios, a él mismo. Las tribulaciones de su alma lo llevaron a un deterioro inexorable del que no se pudo levantar por más matrimonio y novela que le sacaron.  Más bien, creo que eso lo terminó de matar.

Tararear una de sus canciones sería como vaticinar las peripecias de su corazón en sus últimos días. “Ella y tú, mi amor, me tienen loco y desesperado. Ella y tú, mi amor, me tienen mal sin saber qué hago. La letra es de Felipe Peláez, pero la sangre, la vida y el corazón de la interpretación solo se las podía dar el Joe. Él, quien en cada momento de su vida debió luchar con alguna encrucijada: la de pobreza, el desamor, las drogas, la fama, el dolor.

Tres esposas, seis hijos, cientos de millones en sus cuentas y un legado musical fue el patrimonio que dejó. Hoy los primeros se pelean los segundos en un vaivén de insultos y demandas. Ni después de muerto dejan descansar al pobre Álvaro José, el más insigne de los músicos que ha visto parir este país y que difícilmente encontrará sucesor en medio del resignado cúmulo de ‘artistas’ nuevos cuyo ingenio solo da para desempolvar lo que ya está inventado.

En realidad, nunca alcancé a dimensionar la fama del Joe solo hasta ahora que no está. Quizás por las impertinencias de la juventud y la arrogancia de querer saberlo todo y darle a los gringos, o británicos, o qué se yo, el privilegio de atesorar a los mejores en todo. Tal vez porque cuando nací ya estaba en la cúspide de su carrera y era demasiado pequeña para entender a aquel ciclón de semejantes proporciones.

Ahora, solo tengo claro, muy claro, que en el aniversario 30 o 40 de su muerte cuando mis hijos me pidan razón de aquel negrito sabrosón, echa´o pa´lante y de chirridos singulares, solo tendré que cantarles una estrofa de ‘Tania’, mi preferida, y bailarles al swing de su pegajosa melodía.