jueves, 6 de octubre de 2011

Tributo

El abanico de mi casa era viejo y robusto. Siempre le preguntaba a mi abuelo cómo era que esas verdes aletas de plástico podían provocar tanto viento –aunque dicho sea de paso, la magnitud del ruido que causaban era equiparable a la bendita ventisca-. El viejo nunca me respondía. La monótona réplica consistía en mandarme a peinar morrocoyos.

No sabía lo que quería decir con ello. Incluso, aún ahora lo desconozco. Sin embargo, era esta respuesta la razón de mis incontables horas al lado de Martha, la hicotea; un fallido intento  por tratar de encontrar la melena escondida en su enorme caparazón, el tesoro dentro del baúl. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Una tarde soleada, de esas calurosas típicas del pueblo me fue revelada la cuestión. El abuelo yacía casi inerte en su mágico trono, el mecedor de madera rancia y húmeda que estaba adornado con un fresco florido cuyo autor no mereció ser recordado. Bebía agua para pasar las fresas en almíbar que el viejo Pacho le trajo de su último viaje a la capital. Me miró a los ojos fijamente. La profundidad de su mirada evidenciaba la proximidad de la muerte, pero sobre todo, la acérrima convicción de que no dudaba que eso iba a suceder. Así comenzó su relato:

“En una calle de Tamalameque (donde dicen que sale una llorona loca), aquel pueblito de mis cuitas, de casas pequeñitas, por cuyas calles tranquilas corrió mi juventud, vivía un viejo amargado que sufría de delirio. Estaba loco y creía que el mundo se llamaba Macondo. Se inventaba mil historias, iba de casa en casa narrando cuentos y tejiendo mundos imaginarios. Su apellido no lo recuerdo, sólo se que tenía algo que ver con la realeza, algo así como un marqués. Pero eso no importa, lo importante aquí es que ese viejo demente conocía el origen de todo. Sabía de alquimia y de predicción, de pelotones de fusilamiento y de genética. Conocía en qué generación exacta un hijo de primos nacería con cola de puerco. Fue él mismo quien me explicó cómo el amor se hizo aire. Desentrañó para mí el mecanismo del artefacto que hizo las veces de compañero inseparable, de memoria indeleble. Narró, sin omitir detalle alguno, cómo las alas de mariposa se posaron un día en un imán frenético, un motor imparable –tal cual un corazón- que daba vueltas para emular la acción del viento, y así pudiera rozar perenne, sólo por voluntad de un amante, el rostro de su amada, para que en cada soplo de brisa pudiera sentir su presencia, aun cuando el Atlántico lo impidiera. Él se llamaba Mauricio Babilonia, era aprendiz de mecánico en los talleres de una compañía bananera. A ella le decían Meme, era la menor de una dinastía de soñadores, que con amor, o sin él, no podían resistirse al encanto de engendrar vidas y poblar el mundo. Fueron ellos los que le legaron a la humanidad la certeza de que el amor no sólo te hace sentir mariposas en el estómago, sino que te deja tocarlas y además, son amarillas, aunque hoy las vendan al detal de múltiples colores, amarradas a un pedazo de hierro, y las llamen abanicos.”

Al terminar, el viejo cerró los ojos y cayó en un profundo y eterno sueño.

3 comentarios:

L'ancienne dijo...

La magia que duerme en lo cotidiano, una bella idea grata de recordar fruto de una mente encantadoramente creativa.

Tu n'oublie pas ta essence.

Antony Sampayo dijo...

Hola, Andrea.

Veo que si eres una buena cuentista, ¿no que no?
Besos.

Marta dijo...

Que bien escribes!!! me encanta leerte siempre!!! Un besazo guapa! Muaccckkk