domingo, 28 de abril de 2013

De nombres y de obras, en el Día del Idioma


Este es un relato sobre nombres. Una alegoría a las coincidencias o a las intenciones nominales que se esconden tras cada uno de los personajes.

La conexión entre ellos no se hace evidente hasta cuando decidimos envolverlos, a todos, en la contingencia de un hombre –y un nombre– de relevancia toda para la literatura nacional e hispanoamericana: Jorge Ricardo Isaacs Ferrer.

Su rostro, familiar para nosotros hace algunos años, desde que se incluyera en la emisión de moneda legal de denominación 50 mil pesos, es más que esa silueta purpúrea que representa poder adquisitivo. Ese rostro, el que se asocia con María, su obra máxima, no es susceptible de ser olvidado.



María, la de la divina dulzura. Aunque juguetee de vez en cuando y haga bromas con gran sentido del humor, el dulce aire de María Inés López es imposible de ocultar. Las líneas de los clásicos literarios que conoce a la perfección las ha traducido casi en su código genético, lo que le ha regalado una sapiencia envuelta en ternura a la justa medida de su labor como educadora.

Se llama María, como la gran obra del escritor caleño, que lo ubicó como el gran referente nacional del romanticismo. “Yo no sé quién le dijo a mi papá que la Virgen María se llamaba María Inés. Ellos estaban convencidos”. He ahí la razón de su nombre.

Miguel Ángel, David y Juan Salvador son los hijos de María Inés. Cada uno tiene un significado especial, que encuentra su raíz en el arte, en esa expansión del alma que la hace ser lo que es.

Ella, la licenciada en humanidades, que también tiene un diplomado en literatura de la Universidad Nacional, en cambio, lleva uno de los nombres más comunes de todos.

En la Sagrada Familia tiene una sagrada familia. Dicta clases en esa institución, liderada por una comunidad religiosa, y enseña a las niñas la importancia de las letras y la comunicación, de reconocer el valor de las obras que hoy nadan como sobras amarillentas en miles de estantes caseros. Hoy recordará, junto a sus alumnas, la novela de uno de los hitos de la literatura hispanoamericana del siglo XIX que se llama como ella.

Romántica, sí, para enamorarse de la poesía de Baudelaire, de Benedetti, de Borges y la narrativa de García Márquez –por supuesto–.

Sabe que el peor error para que alguien se anime a leer es obligarlo.


María, la amante de la lectura como respuestaLo de su María se hace obvio cuando cuenta que Alexandra, su mamá, es devota de la madre de Jesús, y decidió bautizarla así porque tuvo un parto sin complicaciones. Para hacer aún más clara la alusión mariana, su segundo nombre es Auxiliadora.

Pero no fue su mamá la que le inculcó el amor por la lectura. Eso vino orgánicamente, al observar los estantes de libros de su casa, en Santo Tomás.

Desde niña jugó y soñó con enseñar. Con transmitir el conocimiento. Por eso cursa dos carreras en simultáneo, que encierran un solo amor: el idioma. Licenciatura en lenguas extranjeras, segundo semestre, y licenciatura en español y literatura, en cuarto.

Ama la lógica en todo cuanto pueda rodearla, sobre todo si de letras se trata. “Me gusta mucho todo lo que tiene que ver con la gramática” y la concepción lógica de los principios que sustentan una lengua.

Sus preferencias literarias también responden a esas ansias de comprensión, del porqué. “El escarabajo de oro”, de Edgar Allan Poe, es su narración preferida por “el uso del razonamiento deductivo”.

María Auxiliadora Díaz, una tocaya con aspiraciones románticas que lamenta los finales tristes, como el de su inmortal tocaya. El idilio de esta María, de Mauxi, le coquetea a su sueño máximo de concretar un doctorado en lingüística. Los finales trágicos para su historia no son posibles si la siguen escribiendo sus ganas de dejar huella indeleble en las letras, como su homónima más famosa.

Jorge Isaacs, el romántico que habla inglés. Él no es Jorge Ricardo. Es Jorge Eliécer, como Gaitán, pero se apellida Isaacs. Es Jorge Eliécer Isaacs Díaz, el hijo de Pedro Pablo, el nieto de Teodoro, el de Buenavista, Magdalena. Es Jorge Isaacs, el de 52 años que aún conserva en la sala de su casa, en el barrio Las Palmas, un juguete en la pecera. “Eso lo hizo mi papá hace años”, cuenta recostado en el sofá. Seis bailarinas, la mitad pintada en monocromía, las otras de dorado, nadan entre la ruedita artesanal que señala.

Leyó ‘María’ cuando tenía como 10 años. “Estaba en quinto de primaria, me acuerdo”, pero no siguió escarbando en la vida de su ilustre tocayo porque tenía la convicción de que “no nos parecemos mucho”. Se equivoca en algo: ambos son románticos, pero cada quien muy, muy a su estilo.

El Jorge Isaacs barranquillero enamoraba dedicando canciones y recitando poemas. La respuesta a la pregunta de si aún lo hace es un vehemente “¡muchacha!”. “Eso de la inspiración cuando pasa el momento”.

Le preguntan que si ‘toma el pelo’ cuando firma algún documento, como en su más reciente visita al aeropuerto Ernesto Cortissoz, en el Museo de la Aviación. Porque ha vivido entre aviones. Trabajó como mecánico de aviación en Miami, donde vivió 26 años y aprendió el inglés, que le fluye como si fuera su lengua madre.

Para celebrar la acertada decisión de su padre, de bautizarlo Jorge porque su apellido era Isaacs, postergó la decisión. Sus dos hijos, por si acaso, también se llaman Jorge, por lo tanto



domingo, 14 de abril de 2013

‘El Principito’, 70 años de un héroe en miniatura


Con El Principito aprendí la palabra monotonía. La descubrí entre líneas, y la sentí en la aclaración de una profesora, luego de un par de preguntas de rigor ineludible. Interrogantes en bandada como los del pequeño de cabellos color oro, como el trigo, que afloraron en medio de la lectura, obligada al despuntar el bachillerato, apenas necesaria para caminar en la vida.

Era difícil remover la conciencia a los 10 años, si eso pretendía  Antoine de Saint-Exupéry. “Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen”. Demasiado para una edad infantil incapaz de entender, en su totalidad, el enorme problema de las “personas mayores”

Pero al releerlo, casi una década después, me domesticó. Ese verbo, esa “cosa demasiado olvidada” que significa –en palabras del autor francés- “crear lazos”, se hizo en mí para comprender que algo de la persona que había crecido en mi cuerpo me había abandonado. La palabra “efímero”, entonces, ya no era sorpresa.

La obra. “Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”, “las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones” o “lo esencial es invisible a los ojos” son algunas de las providenciales cápsulas de sabiduría que nos regaló en su obra cumbre Saint-Exupéry, aficionado a la aeronáutica y desaparecido, precisamente, en 1944 a bordo de un avión en dirección a Córcega, cuyos restos nunca se encontraron.

La primera edición de El Principito, héroe intemporal en miniatura, figura indeleble de la literatura, vio la luz el seis de abril de 1943 en Estados Unidos, publicada por Reynal & Hitchcock Editions.

Sin embargo, Ediciones Gallimard, su casa francesa, decidió presentarlo en Francia tres años después, luego de la Segunda Guerra Mundial.

La editorial gala ha celebrado a lo largo de este año el aniversario 70 de su petit prince con varias publicaciones, como un libro animado y una novela gráfica adaptada a los dispositivos informáticos táctiles.

El Principito se ha convertido, desde su publicación, en un auténtico fenómeno editorial, con 265 traducciones, 1.300 ediciones y 145 millones de ejemplares vendidos. Es el libro no religioso más traducido en el mundo, según la matriz literaria francesa.

La petición de su autor, 70 años después, no puede ser más que recordada: evocar la felicidad de los niños con el descubrimiento del mundo.

Tal vez un repaso en voz alta, una meditación detenida entre líneas, o unos dibujos sin pretensiones artísticas y más de una interpretación puedan ayudar a cumplir su deseo. Y el de los niños del mundo.
El pequeño príncipe, amante de una rosa, volverá este año, junto a sus interrogantes de gran edad, en forma de personaje cinematográfico, y en 3D.

lunes, 1 de abril de 2013

Azul, pintado de azul, en el malecón


 Este artículo salió publicado el 01/04/13 en el diario El Heraldo
Las fotos de Cristian Mercado
El azul será por siempre en el malecón de Puerto Colombia. Adolfo Viloria Valdés lo eternizó con vinilo y barniz en la banca número 20 que dormita sobre aquel linde infinito que suponen las olas besando a los peñascos, al roce del aire de salitre que le da el acento estival a la población porteña.

El último maestro que tuvo, Juan Coelho, le enseñó la técnica de la espátula, la que ha erigido como su especialidad en el dominio de las artes plásticas. Por eso tomó esa especie de paleta, la ungió en blanco, negro y mucho azul, y fue regalando caricias de pintura a la parte del mobiliario urbano que le correspondió.

Un ‘Azul por siempre’ fue lo que resultó de aquellas pinceladas de acero. En una jornada corrida de la semana pasada, de 9 de la mañana a 3 de la tarde, Adolfo llevó al concreto lo que antes había boceteado, en papel, durante dos días.

Sabina, su hermana, lo ayudó a llegar a esta escollera que ve ser la explanada, salpicada por embates de la corriente, del mar Caribe. Ella, como él, domina las manualidades, y juntos atienden Ocuparte, el taller que montaron hace nueve años en su casa, levantada en medio de la brisa acogedora de Salgar. La artesanía es el factor común de los hermanos, pero Adolfo prefiere dejarse llevar por la pintura abstracta antes que por cualquier otro coqueteo del arte.

El polio llegó a los nueve meses y se llevó la actividad de las extremidades inferiores. Los miembros superiores se impusieron a la parálisis y descubrieron el carboncillo, por lo que el negro se convirtió en su mayor insumo. Los trazos a color vinieron por accidente, afirma, cuando compró unas pinturas sin motivo aparente y creó un cuadro en pequeña dimensión. “Me di cuenta de que era necesario aprender un poco más”, explica al compás que hace bailar la espátula en el cemento.

Adolfo pinta y ríe. Es su ser.
Los pájaros, las flores, la naturaleza se hicieron en su obra. Varios cursos académicos surgieron de la necesidad de perfeccionar su habilidad en la policromía, “y así me quedé encarretado con esta locura que es el tren del arte”.

El azul resultó, entonces, el protagonista en su trabajo, y en general, las tonalidades de su obra fueron evolucionando. “Pasé de lo figurativo a lo abstracto, que es lo más complicado”, y hoy se aleja de la mímesis para forjar una manera diferente de mirar lo previamente concebido.

El agua es el eje central de los diseños que adornan las recién remodeladas 80 bancas del malecón de Puerto Colombia. La de Adolfo tiene nombre de color. De azul, pintado de azul, que se funde con el cielo y el agua para formar una sola mancha añil y extender, ‘por siempre’, el telón marino y celestial de esa inmensidad.

Los transeúntes se detienen a admirar las obras

viernes, 29 de marzo de 2013

El camino de la cruz, un abrazo terrenal a ‘castillos celestiales’

Esta súper foto, como las otras, son de Jesús Rico

Un rayo de marzo irisa las porcelanas de las figuras que secundan la existencia de estos castillos sin caballeros, que pertenecen a un solo reino, capaz de unir lo terrenal y lo mundano con lo celestial y lo sagrado.

Esa luz velada inunda cúpulas, torres y capillas, obras de mampostería de colección. En su interior crepitan, pues, no solo figuras que recuerdan los más divinos entes, vivos gracias a esculpidas cinceladas al mármol y la cerámica. Laten parpadeantes y silenciosas, también, historias narradas en forma de arquitectura y oralidad, que estarán presentes el tiempo que vivamos para contarlas.

En San Nicolás de Tolentino, el templo del patrono de Barranquilla, por ejemplo, duermen callados los relatos que hablan de restos humanos, pertenecientes a indígenas de la familia lingüística arawak correspondientes al siglo IV después de Cristo, hallados en esa zona que vio levantar la edificación de estilo neogótico que data de la segunda década del siglo XVII.

Casi 300 años llevó la construcción de dicho templo, que también sufrió con El Bogotazo. Ese 9 de abril de 1948, minutos después de la muerte del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, la edificación fue profanada por enardecidos liberales que le prendieron fuego, acabando, en el incendio, con una parte importante de la historia del templo y la ciudad.

Las fotos de San Nicolás son de Jairo Rendón


Estas reseñas fueron recorridas, la semana pasada, a bordo del Buséfalo del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, entidad que, al lado de la Arquidiócesis de la ciudad, hizo posible la iniciativa de #todomono de transitar la denominada Ruta de las Cruces, una visita guiada a las principales iglesias de La Arenosa “para explorar estos espacios de encuentro que profesan la historia de la construcción de la ciudad, hablan de las épocas y acontecimientos clave, y permiten admirar una diversidad de elementos ricos en formas y colores que dentro de ellas se han entretejido a través de los años”.

Fue a bordo de ese mismo bus, el Buséfalo, en el que quienes se apuntaron a la ruta llegaron a la Catedral Metropolitana, donde se ubica el punto cero de la ciudad, y se degustaron con los vitrales, que representan los sacramentos; conocieron los secretos de la edificación de estilo modernista, diseñada por el arquitecto italiano Angelo Mazzoni de Grande, y descubrieron los recodos de ese lugar vestido de arte, gracias a obras como el Cristo Libertador Latinoamericano, de Rodrigo Arenas Betancourt y fundida por el maestro Darío Montoya, o los mosaicos de San José y María Reina, de la autoría de don Mario de Ayala.




El camino propuesto los condujo al amor de los amores del Instituto San José: el templo que lleva el nombre de su patrono. De arquitectura exquisita, fue el sueño hecho realidad del grupo de cuatro jesuitas que, recién llegados a Barranquilla, oficiaron una Eucaristía para dar comienzo a su acción apostólica en la ciudad, invocando al padre putativo de Jesús como protector.




Y el final del camino, pero no del relato, se situó en la iglesia San Roque, dueña de un estilo neogótico florentino único en el país, vívido en sus altísimas torres y en la amplia cúpula. Entre sus misterios se halla una placa, datada del año 1921, dedicada a Dante Alighieri, a quien empodera como “soberano cantor del cristianismo, gloria de Italia, padre de la cultura moderna, decoro de la humanidad”, con motivo del sexto centenario de su muerte.




Las historias resuenan, con eco, en el interior de los templos, en investigaciones que aún nadan en libros y en la internet, pero su verdadero valor reposa en la magia de escucharlas, a viva voz, en quienes todavía se acuerdan de contarlas.

Bonus track: estaba en la Ruta, pero no puedo ser recorrida. Un postal de ensueño de Jesús Rico de la iglesia Nuestra Señora de Chiquinquirá