martes, 20 de marzo de 2012

Pensar, sentir, querer y culpar

Bueno, hoy inauguro sección. He decidido invitar a blogueros que sigo y me siguen, gente que me gusta leer y que con gusto aceptaron la propuesta de escribir una entrada para Indeleblia.Así que espero que se acomoden y disfruten. Pase usted, David R. Schweiger, mejor conocido como @catarsisp

Morir sin pensar, vivir sin sentir, amar sin querer y odiar sin culpa. Parecía ser la receta de su vida, se desvelaba todas las noches, con su maquillaje corrido, las manos cansadas y su cabello envuelto en una maraña de recuerdos y sueños que cada vez la enredaban más.

Pensaba siempre en su muerte, en ese momento de la nada, de la cual nunca pudo tener referencia, ni saber qué se siente estar así, ni mucho menos que es estar cerca, sus muertos internos no tuvieron una larga agonía, no pudo llorarles antes, sino siempre después, cuando ya nada se podía hacer. Sus novios, sus sueños, sus palabras, aquellas fantasías que se escondían detrás de sus ilusiones. No quería morirse sin antes pensar sobre quien la iba a llorar, quien se iba a burlar, quien iría puntual a su entierro, quien llegaría tarde, quien no iba a ir, si tal vez una llamada telefónica de alguna amiga suya sería más importante que verla inerte rodeada de velas, pensaba más en su muerte que en su vida, presa siempre de sentimientos vencidos pero nunca sentidos.

Sentía la vida como una carga, solo presentía ser buena hija siempre y cuando sus padres no manifestaran arrepentimiento alguno por traerla al mundo, tan frágil y sin su permiso. No quería sentir su vida, prefería vivir aquella vida que deseaba y no la que le tocaba, malabares emocionales, piruetas amorosas, para siempre esquivar aquello que le generara esfuerzo afectivo, era mejor sufrir las desgracias ajenas que llegar, al menos, a inventarse las propias. Su vida le pasaba por los ojos, como en cámara lenta y lujo de detalle, no la sacaba de su letargo, sola e impávida se movía en lagos de lágrimas, desiertos de caricias, y oasis de sentimientos que se pierden en un horizonte incierto.

Amaba sin querer, quería sin amar, deseaba amando y amaba desear, se resistía a perder su libertad del alma, pero sucumbía fácilmente ante unas palabras que le dibujaran su silueta en la oscuridad de su ser. Que sentirse soñada, le causaba pesadillas, que sentirse amada le causa malestar, como sus caprichos que le impedían ser consciente del torbellino que sentía en su interior, en sus vísceras, en sus lágrimas, en su falsa sonrisa. 

Odiaba sin arrepentimiento alguno, no sabía que odiaba, al igual que no sabía a quién amar o sospechar quienes la amaban. Por eso no sentía culpa, solamente sentía ese odio dentro de ella misma, no podía depositarlo en nadie, no sabía a quién hacer presa de esos sentimientos de destrucción, maldecía el sol, la luna y las estrellas. Maldecía sus ojos, su piel casi intacta, ni de la sombra se podía escapar, de ella misma, de lo que había convertido su existencia, en una nada sin eco, sin voces capaces de despertarla de un letargo rodeada de paredes con algodón. 

Pensar, sentir, querer y culpar...sabe que para hacer algo en su vida le tocaba jugar a combinar esas cuatro con los sentimientos, marcando un prisma tragicómico de la existencia, de pensar en el amor, sentir el vivir, de estar rodeada de múltiples combinaciones que la hicieran recobrar por un momento aquello que nunca ha tenido en su vida…la realidad.


martes, 28 de febrero de 2012

Hogar Santa Elena, un castillo de hermosas princesas

Así son las fachadas de las salas donde viven las niñas y en las que se dividen según su edad



Cuando suena la alarma a las 5.30 am, las niñas se desperezan, enfocan sus ojos y aún con los vestigios del sueño tienden su cama y la adornan con el oso de peluche que las acompaña cada noche. Se aprestan a cambiarse lo más pronto posible para salir al colegio. Se ausentarán unas cuantas horas, pero luego estarán de vuelta. Saben que el camino a su casa es el mejor de los retornos.

El hogar Santa Elena recuerda a una casita de muñecas. Y ciertamente lo es, pues habitan en su interior un ‘ejército’ de pequeñas que lo llenan de vida y alegría con su presencia. Es, quizás, la casa más grande del Barrio Abajo, en pleno corazón de Barranquilla. Hay tres grandes cuartos que hacen las veces de mini estancias donde se dividen a las niñas por grupos de edad. La más pequeñas ocupan el ‘San Francisco’, las que tienen entre 7 y 13 años se alojan en el ‘Santa Clara’, y las mayorcitas en el ‘Fray Luis’.


Las 30 niñas están bajo el cuidado de la congregación de las hermanas Terciarias Capuchinas. Ellas, junto a un equipo humano conformado por dos maestras y una psicóloga, se encargan de brindarles todo el respaldo a esas ‘hijas adoptivas’ que han arribado a la casa y han hecho crecer la familia. Allí no se limitan a ofrecerles un techo, también les entregan lo mejor de sí para hacer de ellas seres humanos con entereza.

Allá, las pequeñas aprenden a realizar los quehaceres personales y a ser mujeres autónomas y tenaces. Cuando regresan del colegio al mediodía se disponen a almorzar y reposarse para asistir a los salones de estudio. Con la guía de una maestra realizan sus deberes académicos; se ayudan entre ellas mismas para que la comprensión sea mayor y fortalecer los lazos de fraternidad.

Más que amigas, las niñas se convierten en hermanas.  Comparten techo, horarios y espacios, e incluso las historias que las llevaron a hacer parte del hogar. Provienen de hogares de escasos recursos, con problemas intrafamiliares y con diversas situaciones de vulnerabilidad. La mayoría llega sin luz en sus ojos y al cabo de un tiempo irradian brillo y felicidad por cada rincón del lugar.

Mantener una casa de las proporciones del hogar Santa Helena, que cuenta con patios internos, cuartos de lectura, sala de informática, salón de actividades y hasta piscina, no es fácil. Ya una vez las hermanas estuvieron a punto de cerrarlo por falta de recursos, pero la solidaridad se impuso y gracias a la gestión de varias empresas y aportes de personas de buen corazón, logró seguir adelante.

El hogar Santa Elena es el castillo de esas princesas. La mejor fortaleza que pueden encontrar para vivir plenas y seguras. A las 9 de la noche todas se refugian en sus cuartos, delicadamente adornados y que les recuerdan que esas paredes encierran la mayor posesión de sus vidas: la familia, que no eligieron, pero que se ganaron por ser unas tiernas niñas llenas del don del agradecimiento.

¡Porque las buenas historias y los finales felices sí existen!





martes, 31 de enero de 2012

Vengan todos!!!

La época de precarnaval en mi tierra, Barranquilla, es simplemente inmejorable. Y no lo digo solo por los fines de semana previos a la fiesta más esperada del año por estos lados, en los que, de viernes a domingo, hay parranda, baile y ron pa' to'el mundo. 
En este terruño caribeño también hay espacio para el arte y la cultura, y vienen ¡disfrazadas de monocuco y marimonda!  
Desde hace seis años Heriberto Fiorillo y Efraím Medina, abanderados de esta iniciativa de la Fundación La Cueva, presentan a los barranquilleros y turistas que llegan para el calendario festivo un repertorio exquisito que han denominado Carnaval de las Artes.
Personajes de la talla de Laura Esquivel, Jon Lee Anderson, Fernando Vallejo, entre otros, han desfilado por el escenario del evento que este año llega a su sexta versión. 
Desde el año pasado Indeleblia ha seguido cada una de las intervenciones que hacen parte de la programación del espectáculo (http://indeleblia.blogspot.com/search/label/Carnaval%20de%20las%20Artes)  y este año no será la excepción. Estaremos más que encantados de compartir por este medio fotografías, videos y textos que ilustren los más memorables momentos del Carnaval y además, extendemos la invitación ¡porque es gratis y el deleite es mayúsculo!

Aquí está el afiche promocional de esta edición:


y aquí les dejo la programación completita y todo lo que necesitan saber sobre el evento 

Ah, y si tienes hijos, primos o hermanitos, también hay espacio para ellos. Se regalan sonrisas, dulces, helados y una buena dosis de alegría


¡No se lo pierdan!

lunes, 23 de enero de 2012

El Prado, reservado para mí

No podía dejar de compartir con ustedes mi primera crónica publicada en el diario El Heraldo, en el suplemento Latitud el 22 de enero 2012. Las fotografías son de Rafael Pabón.

Detalle en perspectiva desde el 'lobby' del inmueble consentido del patrimonio arquitectónico local,
símbolo de la hotelería tradicional de Barranquilla





La entrada

Desde el aire parece una fortaleza feudal, un castillo medieval cercado por un borde reverdecido de copas de árboles, dispuestas como séquito de vigilancia que pernocta en la palpitante intersección de la calle 70 con carrera 54, justo en el corazón del más emblemático de los barrios de la ciudad. Las tejas del rojo ladrillo que separan el cielo del cemento de la edificación surcan los metros cuadrados que acunan las 200 habitaciones  dispuestas para acoger a todos los que se animen a dejarse embrujar por el encanto legendario del hotel insignia de Barranquilla.

La primera vez que visité el Hotel El Prado me pareció el lugar más asombroso del mundo, al menos, que estuviera a mi alcance. Sus paredes bañadas con la tradicional capa de color crema que invitaba a la más elevada sofisticación, sus ventanas coronadas con la carpa azul rey que parecían haber permanecido ahí desde los inicios del mundo, lo hacían parecer un monumento de forma pentagonal que se erigía solariego e imperioso en el barrio de los amores de la naciente ´Puerta de Oro’.  

Esta foto hace parte del dossier del hotel. Cortesía Hotel El Prado.
El pretensioso vestíbulo adoquinado con molduras de figuras neoclásicas se asoma como un tragaluz de tiempo completo. La estructura ha sido el anfitrión por excelencia de todo aquel que arriba a El Prado. En sus inicios era igual a esa especie de carpa azul que recubre las ventanas acrisoladas que se muestran en la fachada del inmueble consentido del patrimonio arquitectónico local. Con el tiempo evolucionó a la imponente mezcla de concreto de la que pende una araña tan antigua como el hotel, cubierta de una capa de laca tan negra como el ébano, tan rústica como las cadenas que la sostienen.

Su entrada imponente me hacía recordar los lobbies que había visto en televisión, en las películas americanas, esas que trataba de emular desde mi casa de 30 metros cuadrados en el suroriente de la ciudad. Era un vestíbulo ideal e idealizado, y me sentí como Macaulay Culkin en la antecámara del hotel  Waldorf Astoria, donde roería sus planes para no aburrirse en sus solitarias vacaciones en New York.


El lobby
Rafael Escalante ha hecho suyo el escalón que separa el jardín frontal del zaguán del hotel. Lleva 35 años trabajando como botones y no hay mejor anfitrión que él. Sus ojos verdes refulgen en su rostro hendido en años, enmarcados por unas cejas atravesadas por dos líneas blancas paralelas, teñidas del blanco típico de las canas -rezagos del tiempo- que interrumpen el negro original que las coloreaba. De caminar resuelto y afabilidad toda, se apresura a recibir a quien llegue a parar a la cúpula de bordes rectos y faroles taciturnos de épocas lejanas.

Llegué en un taxi, con mi mamá. La pizzería del hotel me esperaba con la ilusión del olor de los ingredientes que me guiarían como perro manso a su dueño ciego. Entonces me detuve. Las molduras de blanco ceniciento que se esparcen por el lugar se me antojaron fichas de colección. Avanzaba por el piso ajedrezado que como lienzo donde mis zapatillas de niña se deslizarían, terminaría por trazar un recorrido memorable, de esos de siempre recordar.

Lo primero de lo que uno se percata al pisar el lobby de la esta Joya Arquitectónica del Caribe es del inmenso árbol de Navidad que descansa en medio de los  juegos de sala que reposan allí. El primero fue traído desde Miami y se adosa con una fúlgida malla roja que lo envuelve y unos cuantos adornos que suman casi las dos décadas de existencia.  También es evidente el sello perentorio de la mueblería de Oriente, vestigio de los años en los que el hotel estuvo a cargo de los Nasser- Arana, expropiados de su posesión por los vínculos con el narcotráfico. Un sencillo centro de mesa navideño rompe la armonía de los textiles que forran la silletería importada. Un jarrón lleno hasta la mitad con bolas de acrílico moradas y plateadas. Giro la cabeza 90° porque sé que alguien me está mirando. Don Freddy Nieto, botones desde hace 26 años, me saluda con las pupilas entornadas en sus ojos repletos de sinceridad.

Sentí que me había descubierto, sin embargo, parece que a nadie le importó que yo estuviera ahí en ese preciso momento. Reparé con detalle las pinturas del maestro Loaiza, estampadas en la pared entre un ventanal y otro. Examiné los maleteros y el terciopelo rojo de las escaleras. Quise desfilar por ellas como la niña soñadora que quiere sentirse la reina del mundo, pero el sonido de un aparato en particular me sacó de mi ensimismamiento. El color marrón del teléfono que no paraba de sonar, similar al de una espesa malteada de chocolate, me recordó que tenía hambre.

“Botones, muy buenas tardes, habla Freddy…”. Esperé a que colgara para preguntar por lo que fui a buscar. Mientras, me fijé en el cuadro de eventos del día, que solo contenía una actividad empresarial de una reconocida agencia de viajes, justo en el último eslabón del tablero. Colgó. Entonces Freddy, de aspecto más sereno que Rafael, me hizo un breve resumen del maremágnum de personajes que ha desfilado por el primer hotel turístico de Latinoamérica, tan variopinto como numeroso.  Reinas, cantantes, políticos, hasta miembros de la realeza mundial; todos han coincidido en los predios del hotel de los amores de Barranquilla.

Pero Freddy interrumpe su relato y con un entendible lenguaje de señas me invita a seguir los pasos de su compañero.