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lunes, 23 de marzo de 2015

Boutiques florales: entre las rosas y lo eterno

Escribí este artículo para el diario El Tiempo, en Amor y Amistad. Fue publicado el 20/09/2014.
Margarita de Juliao, propietaria de Palo de Agua, es una chef que se enamoró de los colores y las texturas de la naturaleza.
Las fotos son de Óscar Berrocal para ETCE.

Puede que no haya un detalle romántico más predecible que las flores, es cierto. Pero tampoco hay alguno que se le compare. Han existido siempre y son el símbolo indestronable del amor, y por años han escondidos propuestas de noviazgo, matrimonio y mensajes que cuesta soltar al hablar.

Luego de un periplo eterno, los arreglos florales de forma triangular cargados de rosas, girasoles, margaritas y anturios, tradicionalmente entregados en las puertas de las casas por un señor en moto que lleva varios ramos iguales, la oferta se renueva con maneras más estilizadas, propias del gusto europeo, esencialmente el francés, que guarda para sí campos enteros de especies únicas, como los que se ven en la región de Grasse.

Si alguien ha caminado las calles de París y conoce bien la tradición gala de escoger flor a flor las especies que adornarán un ramo, esa es Margarita Rodríguez de Juliao. Es una chef con alma de florista que apenas hace unos tres meses abrió su boutique en Barranquilla, Palo de Agua. Allí no hay formas de triángulo levantadas con flores ni bouquets convencionales. Lo que se ve es un mostrario de madera cubierto de mini hortensias, pitusporum, cartuchos pequeños, caspia y greenballs, entre otras.

Los claveles también tienen un lugar especial. “A la gente aquí no les gustan porque lo asocian con algo barato”, dice esta bogotana que vino a abrir mercado en la capital del Atlántico. Al lado de sus flores predilectas, las que aquí no gustan mucho, están las rosas. Un clásico.

Las flores de jabón: el último 'hit'
El exhibidor le permite al cliente personalizar su ramo, que va desde los $35.000 envuelto en una tierna carterilla de cartón. Nada de ramos genéricos ya armados, solo para encargar por teléfono. “La idea es que el cliente venga y arme su propio regalo. Que escoja una a una las flores”, explica Margarita, que no puede tener mejor nombre. Es una flor.

Una pared morada y piezas vintage de ebanistería minimalista completan el lugar, en el que hay otra novedad: las rosas de jabón. Sus pétalos son suaves jaboncillos que usualmente decoran rincones del baño, pero que tampoco desentonarían en alguna mesa de noche. Vienen en bases de parafina –la que sirve para arreglos más grandes, y que se reutilizan para cada diseño-  de diferentes tonos y, contrario a lo que se puede imaginar por la originalidad del producto, cuestan entre $20.000 y $35.000.

Se eternizan. 

Si algo le falta a las flores es la cualidad de perdurables. Se agotan más rápido de lo que uno quisiera. Se marchitan, pero no así pierden su estado de belleza. Tiene su encanto ese tono envejecido que toman. Pero para no extrañarlas, ya hay solución. La boutique floral Gardenias tiene como producto exclusivo sus flores naturales preservadas. Un tratamiento especial extiende su vida de cuatro a seis meses en un clima como el de Barranquilla.

En Gardenias Boutique, elegir las flores es como ir a una tienda
exclusiva, observar la ofertar y llevar la que más atraiga.
Rosas, hortensias y por supuesto gardenias despuntan en un universo de posibilidades para todos los gustos y precios. Desde doce mil pesos se consigue un ejemplar rodeado de una esfera de cristal, y así va aumentando el número de flores y la presentación, en relación directamente proporcional con el costo.

No necesitan agua. Hay línea especial para la celebración de Amor y Amistad en materitas y latas en forma de corazón, pero también se posan en mugs y diseños que asemejan terrarios florales. Es un arte cultivado.

Detalle de un arreglo con flores preservadas

Una sensación. 

Más que el hecho de dar o recibir flores, la firma Lottas Botánica ha querido convertir este acto en una experiencia, una sensación basada en un buen vino que acompaña a cartuchos y astromelias, o chocolates artesanales rellenos de oreo que complementan un diseño de orquídeas.

No parece una floristería, por eso lleva el nombre de boutique. Es un espacio comparado a una sala francesa, con espejos y muebles clásicos, adornado con rosas exclusivas, como las de exportación que llegan en cantidades en esta temporada, trepadas a un precio mayor por el tipo de cultivo. Duran hasta diez días, y sus presentaciones estrella son la tradicional roja –llamada freedom- y la rosa bicolor, que parece pintada a mano pero en realidad es un cuadro natural. Se llama sweetness, ‘dulzura’.

Las flores siguen siendo las mismas, pero la forma de entregar es la que busca cambiar. Reclaman a gritos cambiar el frívolo domicilio por el rostro de quien las regala. Es lo menos que merecen.
La 'sweetness' es una de las consentidas en Lottas

Las tradicionales y las que llegan.

Quitarle a la rosa el puesto de reina entre las flores será complicado. Esta especie sigue siendo muy usada en todo tipo de arreglos, tanto en los más intrincados, que posibilitan la variedad, hasta los diseños más minimalistas, que solo requieren rosas. Su plus: la amalgama de colores que ofrece.

Las orquídeas ganan terreno. Su costo dificulta que se posicionen entre las más pedidas, pero ser la flor nacional le da privilegios de elección.

Cartuchos, hortensias y astromelias siguen arraigadas, mientras llegan nuevos nombres para comenzar a llamar la atención, sobre todo en el follaje, como las ‘greenballs’, pompones reverdecidos que le dan un toque único y rejuvenecido al diseño floral.



martes, 18 de noviembre de 2014

Cucayo, un tributo a la cultura popular barranquiller

Hay que ir a comer a este templo barranquillero, el que reseñé para la revista Sí, de El Heraldo, hace un año. No hay presa mala, ni mucho menos rincón perdido. Todo es goce.

Uno no sabe qué mirar primero. Si la Barra Juniorista, a modo de la propia frutera, o el Expreso Cucayo, con torniquete a bordo. Los culpables del enredo visual: la ‘Liga gráfica’, un grupo de señores de varios municipios del Atlántico que se han dedicado toda su vida al arte popular que inunda las calles de Barranquilla de color, y que ahora están bajo las mismas coordenadas, debajo de un palo de almendra enorme, como mandado a poner en la terraza del lugar.

Ellos se encargaron de condensar los rasgos más autóctonos de Curramba en una explosión gastronómica vestida de fiesta eterna, o sea, el resumen de esta ciudad, festiva por excelencia.

Un servilletero muy picotero
Pero pongámosle orden al asunto. Para empezar, hay que hacer una lista de las cosas que hace años no se veían. Los chocoritos, esos juguetes minúsculos que se gastaban la infancia, ahora son los recipientes donde se sirven los aderezos. Un carroemula en cerámica y el edificio Miss Universo, partido en dos, como queriendo crear una versión de las Torres Gemelas barranquilleras, son el servilletero y salero/pimentero, respectivamente, y son creación de Luis Carlos Asís, artesano del taller Carnaval Tradicional. Estos infaltables de la mesa también tienen su versión picotera, un modelo a escala del Cucayo Estereo Láser, el nuevo lienzo de William Gutiérrez.

Este señor de 54 años, residente del barrio Santo Domingo de Guzmán, pintó en un par de días el lienzo tropical neón que invita al goce pleno, “el más pegao”: la rockola popular que le pone el sabor melódico a Cucayo. Los dibujos que más le solicitan son los que sirven para alcahuetear una verbena al amanecer, los que identifican a los picós más reconocidos de la ciudad con pinceladas fosforescentes.

Un giro de 90° alrededor de su máquina musical para darse de frente con mecedores tejidos y mesas que chillan un arcoíris costeño. Estas últimas, pintadas con aerógrafo, muestran los rostros de las glorias del deporte local hechas por El Zurdo. Cada vuelta multicolor de las cuerdas sintéticas que forran las sillas fue dada por Aquiles Escorcia, un personaje de esos que ya poco se encuentran en las calles, con carretes de plástico al hombro para reparar el gastado espaldar de la silla de visitas.

El único bus que no va en la hoja. Se entra sin pagar.
No hay un detalle suelto. Todo está fríamente calculado, como en el bus del fondo. Sí, un bus dentro de un restaurante, que ambientaron las curiosas manos de David Pinto, graduado en ningún lado de Estética Busetera, pero diestro en el arte de marcar ventanas, hacer mosaicos en los techos de los automotores y acomodar asientos y torniquete para recrear el propio bus barranquillero. Claro, sin excesos de velocidad y paradas a destiempo.

La próxima frenada es la KZ, un templo sagrado a los intérpretes ilustres de la banda sonora popular del Caribe, o, dicho uno a uno, el recinto donde aún viven Joe Arroyo, Esthercita Forero, Pacho Galán, la Niña Emilia, Rafael Orozco, y otros que aún nos acompañan, como Diomedes Díaz, Pedro Ramayá, Iván Villazón, Poncho Zuleta… sus rostros fueron trazados por Emiro Sarmiento, de Malambo, de 71 años, de sensibilidad en el pulso, de cuadros por encargo.

Emiro Sarmiento, el 'papá' de la K-Z
A Sarmiento, como le dicen, lo metió en el cuento Añepracso, u Óscar Peña (nótese el palíndromo de su nombre artístico), el más famoso rotulador de avisos de verbenas de la ciudad, el especialista en tipografía picotera, el que invita, cada semana, con su puño y letra, a los toques de las bestias musicales. “Como tengo la costumbre de firmar mis avisos, hasta me llaman preguntándome que a qué hora es la verbena”. Él también estampó mesas con su arte.

En el fondo de Cucayo, en este recinto que hace las veces de caldero multicolor con forma de restaurante, cuatro ojos enormes y amarillos miran sin parpadear. Las lámparas inertes del tigre y del torito anuncian que se ha llegado a la Casa del Carnaval, donde burro, puloy, monocuco y marimonda encabezan el despelote gastronómico. Porque solo después de apreciar totalmente este palacio currambero es que se puede sentar uno tranquilo a comerse una entrada de butifarra o de arepa e’ huevo. Pedir algo diferente a agua e’ panela o un jugo de corozo es casi una blasfemia en Cucayo. Aquí se viene a pedir algo de la casa, como una mojarra con arroz de coco, o un buen sancocho de mondongo.

Nancy Cabrera, una de las dueñas del restaurante, asegura que “sería un atrevimiento decir que yo hice el menú”. La carta fue hecha basada en la idiosincrasia y en las costumbres gastronómicas locales. “El chef principal es Barrranquilla”. Es un compendio de tradiciones culinarias que se nutre día a día.

Para que queden antojados...
Y es que en la gran oferta gastronómica local reciente, que ha tenido un boom desde hace unos cinco años, no se encontraba un sitio con las características de Cucayo, dicharachero y monocuco, directo al paladar.

Los encargados de transformar el lugar en el templo iconoclástico que salta a la vista fueron Johnny Insignares y Fernando Vengoechea, de Todo Mono. “Ellos son los genios detrás del concepto”, los encargados de hacer visibles esos personajes que todos vemos a través de su arte, pero que pocos conocemos.

Del Caribe aflora, tierra encantadora, con mar y río una gran sociedad…que se come, que se mira, que se escucha, que se siente y que, ahora, se acuna en un universo pequeñito dentro de ella misma, que le rinde homenaje para recordar lo grande que es, aunque se nos olvide.

Esto, como el cucayo, promete pegarse.











jueves, 28 de febrero de 2013

La onda helada de la cálida Barranquilla


 Este artículo fue publicado el 28/02/13 en el diario El Heraldo
Estas deliciosas fotos son de Jairo Rendón

El particular y pegajoso sonido de la lambada, proveniente de un parlante a medio acomodar en un improvisado carrito de hierro, dejó atrás los conitos de colores empalidecidos y los sabores tradicionales. Aquella cotidiana manera en que los helados llegaban a la puerta de nuestra casa mutó con el tiempo. Se transformó en espacios cuidadosa y exquisitamente decorados; con paredes ribeteadas de color, emulando la oferta gastronómica, hecha a base de crema y leche.

El mercado de helados en Barranquilla se ha renovado con el tiempo para darle paso a una evolución del cono, la presentación más habitual de aquella crujiente tentación congelada. Todo comenzó cuando las heladerías se fueron volviendo más recurrentes, y los carritos de helados, que se apostaban en las puertas de las casas, comenzaron a desaparecer. Así, por la ventaja que brindaba la comodidad de tener un sitio establecido, la carta se fue ampliando.

El nicho de mercado se concentró, entonces, en los helados gourmet, cuyos sabores vanguardistas llamaron la atención por su color, por el detalle de fina coquetería que enamoraba a los ojos –y luego al paladar- con los llamados toppings o aderezos, que hacían aún más irresistibles esas delicias. Fueron apareciendo, luego, los ‘helados con apellido’, como el chocolate y la vainilla, que adoptaron nacionalidad; la fresa, que se mezcló con los demás frutos rojos, y resultó una combinación exótica, y un sinfín de posibilidades que resultó en apetecido y selecto menú.

La onda helada de la cálida Barranquilla se llenó del toque internacional que adopta, con el paso del tiempo, la misma ciudad, y el plan de comer helado, la nueva alternativa para pasar un rato agradable. EL HERALDO hizo un breve recorrido por tres locales que, de diferentes maneras, plantean una propuesta dulce y refrescante para el paladar. Desde el sistema de autoservicio hasta el sabor de caramelo salado fueron las novedades que encontramos siguiendo esta apetecida ruta.

El sabor de Italia, a La Arenosa. De Italia provienen los sabores más emblemáticos de una gelatería que desde hace 10 años atrae comensales sobre la carrera 51B, en la intersección con la calle 82. El 'stracciatella', una crema de leche bañada con chocolate, y el nutella son los más apetecidos. También se encuentran en el menú helados dietéticos, como el de mocciole. Además, están a la venta chococonos con una capa de maní, lo que les da el toque refinado y europeo.


El yogur, la nueva oferta. Un poco más arriba de La Gelatería se encuentra un local donde el sistema de autoservicio es lo primero que llama la atención, además de los sabores frutales y cremosos, como el red velvet, el capuccino, o uno ácido como la cereza, hechos a base de yogur. El valor del helado lo decidirá el peso final de este, una vez se haya servido la cantidad de crema y 'toppings' deseados. Para complementar, hay opciones como salsas, gomitas, chips de chocolate, masmelos y frutas picadas.

Helado a lo 'vintage'. El caramelo salado es posible, y sabe mejor hecho crema de helado. En Frisby, una tradicional cadena de comidas colombiana, esta es la nueva apuesta para endulzar el menú salado. También se destacan el yogur con vainilla capri italiana y yogur con frutos rojos o del bosque, una mezcla de fresas, arándanos, moras y cerezas, que saben mejor en el ambiente ochentero que rodea el lugar.













sábado, 3 de noviembre de 2012

Un 'Alma en pena' recorrió Barranquilla

Este artículo fue publicado en el diario El Heraldo el 02/1/2012
El Castillo de la Alboraya fue la primera parada de la ruta.
Fotos de mi amigaza Vanexa Romero.
La novia de Puerto se montó en un bus la noche del pasado miércoles, 31 de octubre. Llevaba vestido blanco, velo y los huesos pintados al descubierto. Ella lideraba una inusual ruta que tenía como objetivo desvelar las historias más lúgubres y sangrientas que tuvieron lugar en Barranquilla, en tiempos remotos y otros más recientes.

Una treintena de personas parecían los pajes de la novia. La acompañaban en un recorrido que no pensaron ni tan lúgubre ni tan demorado. La realidad superó la expectativa y los sueños de los participantes de Alma en pena, la primera ruta fantasma de la ciudad, estuvieron llenos de caballos sin cabeza, duendes rumberos, sombras, fantasmas y muchas historias bañadas en sangre.

El buséfalo del Museo de Arte Moderno fue el vehículo donde se movilizaron los participantes de la ruta, iniciativa del colectivo de diseño #todomono que buscaba explorar más a fondo las historias oscuras de Barranquilla. A las 7.45 de la noche arrancó el recorrido que inició con la visita al Castillo de La Alboraya.


Antes de cada estación, se leía un relato sobre el lugar.
“Aquí vivió un español llamado Rondón al que le gustaba adorar a los dioses africanos. Esto era una hacienda grandísima donde había montes, y Rondón salía en su caballo negro todas las noches y al que encontraba aquí, lo mataba”. Así empezó el relato en la antiquísima edificación Álvaro  Palacio, un joven periodista que diseñó la ruta al lado de Johnny Insignares y Fernando Vengoechea -de #todomono- y quien desde hace algunos años se dedica a investigar sobre historias oscuras y temas paranormales.

Nada más fue poner un pie dentro del misterioso castillo para sentir el halo aterrador del ambiente. Los asistentes, parejas en su mayoría, no querían despegarse para caminar entre el suelo remodelado de la estructura que hoy es una institución educativa y las paredes de antaño de la majestuosa construcción.


Los participantes de Alma en pena no dejaron de disparar flashes 

Esta fue la parada principal del recorrido que se extendió hasta el filo de la medianoche -momento cómplice para que afloren los mayores temores- y que ‘navegó’, entre otros sitios, por el caudal tenebroso de los arroyos de Barranquilla a la altura de la calle 76, en el Country, donde la corriente ha arrastrado a varias personas sin dejar rastro.

El Hospital General de Barranquilla era otra parada obligada. La historia de la monja que falleció entre las paredes de ese lugar todavía ronda por sus pasillos. Se dice que médicos, enfermeras y pacientes aún escuchan los pasos de Hortensia, la religiosa que no quiere descansar en paz.

La leyenda del niño inoculado del colegio Marco Fidel Suárez es otra de las más espeluznantes. Cuentan vecinos del sector que el alma en pena de un niño que en los 90 fue víctima del tráfico de órganos, crimen muy popular en ese tiempo, deambula por el sector. Narra la historia que el pequeño, al perder su pasaje de bus, pidió chance, pero fue raptado y le sacaron los ojos. Después lo arrojaron muerto  en la cancha de La Magdalena.


La Novia de Puerto fue la mejor modelo para los retratos del recuerdo

Es por eso que cada noche, a altas horas, el niño sale con la cabeza gacha pidiendo a quienes se crucen en su camino ayuda para encontrar una moneda. Una vez el caminante logra hallarla, el pequeño lo toma del brazo, alza su rostro y revela su falta de ojos. De lejos, los participantes de Alma en pena apreciaron el lugar donde se desarrolla la supuesta aparición. Fueron muchos los que no extrañaron bajarse en él luego del relato.


Cerca de ahí, otro punto fue visitado por albergar botellas y cajas de brujerías con muñecos de telas amarrados a papeles con nombres de personas, señal del ritual vudú, y una considerable cantidad de fetos. Se trata del Jardín Botánico, cuyos vecinos se quejan de la presencia de brujas que por las noches ríen a carcajadas y no los dejan dormir tranquilos.

Estos cuentos, relatos, historias, alimentan la oralidad de nuestros antepasados y se convierten en posibilidad turística para Barranquilla, como lo buscaban Constanza González y Gabriel Burós, una pareja de esposos que trabajan con agencias de viajes y que están en busca de alternativas en la ciudad. Puede que, en algunos meses, sea el relato de Rondón o las historias de fantasmas de los barrios de la ciudad los atractivos para visitarla.


Más de un participante se vio como una aparición en medio de los lugares visitados

sábado, 15 de septiembre de 2012

Dulces a la barra, para Amor y Amistad



Este lindo corazón, al igual que las demás fotos, son de mi buen amigo Jairo Rendón.

El procedimiento no es entendible del todo hasta que, con los propios ojos se aprecia, como por arte de magia, cómo una masa gigante, con forma de perro caliente –porque la figura a hacer es un corazón- termina convertida en casi 8 mil piecitas de dulce.

Todo comienza en la cocina de Swikar, un lugar encantador, ubicado en la carrera 44 con calle 75B. Allí, dos ollas borbotean agua hirviente a la que se le ha adicionado, previamente, azúcar. El punto de ebullición avisa que es hora de agregar la glucosa, el ingrediente que falta para obtener el caramelo líquido que, luego de casi 40 minutos, estará listo para empezar la otra etapa de la preparación.
La mezcla anterior va a parar a una mesa térmica que está a la vista de todos en el almacén. Está allí para echarle color, y a medida que se añaden los colorantes artificiales, la mixtura comienza a formar grandes burbujas sobre su superficie. Los tonos se agregan con cuidado para que no se mezclen. Luego, con la espátula, se revuelven para que queden bien tinturadas.





Cuando el frío cristaliza la composición y le da apariencia de gelatina, Adrián Consuegra y Hofpman Contreras, los preparadores, cortan con una tijera cada tableta de caramelo teñida.



Ahora es una mesa fría la que recibe las tablas de colores. Con manos incansables se amasa una y otra vez durante varios minutos.

Luego, una especie de palanca metálica espera la mezcla para neutralizar el tono. Vueltas y más vueltas le dan el matiz exacto de color que debe tomar. Este procedimiento solo se realiza con los colores que bordearán la figura. Al relleno no se le hace streaching, como se denomina este paso.



Una vez listas las masas, se les rocía agua para que se adhieran unas con otras. Se juntan y se les da la forma deseada, cortando y pegando grandes retazos de masa. Con la figura final montada, comienza una acción que parece increíble: Hofpman comienza a estirar ese gran rollo multicolor de unos 30 centímetros de diámetro, hasta dejarlo de un centímetro solamente. Es como si ese gran perro caliente del principio se hubiera convertido en un montón de spaguettis de colores.






En el centro de esas barras coloridas se aprecian figuras de frutas, logos y hasta nombres, por lo que cada quien puede tener su propia producción de dulces personalizada. Luego esas barras se cortan con un cuchillo filoso. Así, una masa gigante de 8 kilos acaba convertida en, aproximadamente, 8 mil dulcecitos.

El proceso es totalmente hecho a mano, artesanal. No hay máquinas, además de la estufa donde se hierve la mezcla inicial. Las manos de Adrián y Hofpman son las que endulzan el paladar de los clientes que llegan porque son testigos del Candy Show que se realiza cada tarde en el local, donde se agolpan en el vidrio que les permite ver cómo se hacen los dulces, paso a paso.

Que la fábrica de Willy Wonka es un sueño hecho realidad, eso lo saben quienes aman dejarse tentar por el indescriptible sabor del azúcar. Que Barranquilla ya tiene una innovadora fábrica de caramelos, eso lo puede comprobar todo el que quiera sentarse en la barra de Swikar, para esperar un coctel dulce que, de no ser bien dosificado, podría desembocar en un empalague inolvidable, que corre por cuenta de un montón de trocitos de azúcar, hechos como una obra de arte.



Con esta dulce entrada les deseo a todos un ¡Feliz día del amor y la amistad!, que en Colombia se celebra hoy. Un abrazo indeleble. 

jueves, 16 de agosto de 2012

San Roque, fiesta y olvido


Este artículo fue publicado en el diario El Heraldo el 16/08/12
Todas las fotos, geniales y hermosas, son de Jesús Rico.
El patrono popular de Barranquilla vive en la calle 30 con carrera 36, en un palacio de estilo gótico nórdico, que data del año 1881. Para ese entonces, la imponente obra arquitectónica fue construida con una línea más republicana, pero pedazo a pedazo se fue viniendo abajo el cemento forjado y un arquitecto proyectó la estructura como hoy está.

San Roque lleva 131 años de erigida en la antigua calle Las Vacas, y los altos picos que coronan la iglesia se alcanzan a divisar desde varios puntos del mapa de la geografía barranquillera. El santo francés, nacido en Montpellier, se quedó para siempre en el corazón de los habitantes de la capital del Atlántico luego de que curara la epidemia que se desató cerca de 1849 y que tocó a una considerable parte de la población de la próspera metrópoli caribeña.

Pero San Roque buscó otro refugio además del corazón agradecido de los barranquilleros. Su devoción logró edificar la fortaleza que es casi vecina de la iglesia de San Nicolás, otra de las joyas arquitectónicas emblema de la ciudad. Entonces empezó a ‘competirle’ al santo italiano la ‘afición’. San Nicolás de Tolentino ya era el patrono oficial de Barranquilla, pero San Roque llegó a ganarse el mote de patrono ‘popular’. Y aún lo conserva.

Las parroquias, ubicadas en el naciente epicentro de la ciudad, nunca enfrentaron una lucha por los feligreses. Al contrario, estos se repartieron entre las dos y se evidenció la necesidad de centros religiosos de gran capacidad, que pudieran albergar a la comunidad. El Centro despuntó con el par de estructurales monumentales y la “Barranquilla prócera e inmortal” comenzó a hacerse tangible.


‘Epidemia’, una vez más 

En fotografías de la época y en la memoria de los curramberos de antaño quedó la imagen colosal de la iglesia de San Roque. La realidad de la parroquia es hoy diferente: parece que una nueva epidemia se hubiera propagado entre los feligreses del sector, que cada vez acuden menos a su imponente capilla.

El párroco Víctor Julio Peralta, quien desde hace casi cinco años está al frente de la iglesia, le adjudica este triste fenómeno al ambiente que rodea el templo: una zona roja atestada de drogadicción, delincuencia, prostitución, inseguridad y desempleo.

La situación social de los ciudadanos que viven en el sector dificulta la afluencia de una rotación fija en el templo. “En la semana la participación de feligreses es escasa por la inseguridad que se vive en el sector”, asegura el párroco. Hay dos eucaristías diarias en San Roque y la reunión de feligreses acaso alcanza a superar las 30 personas en cada una.

Las visitas que no faltan son las de estudiantes colegiales y universitarios, que asisten para apreciar la arquitectura de la iglesia y conocer más de la Barranquilla de años pasados.

Esperanza en el patrono

A San Roque, que con su traje de peregrino y capa, fue capaz de sanar a cientos de personas de aquella peste brutal que amenazó a la población barranquillera, es a quien se le encomienda hoy la situación de su parroquia en Barranquilla, que no se limita en tocar a la feligresía.

El púlpito de mármol es una de las
estructuras que aún sobrevive dentro de la iglesia.
 
Las paredes de la iglesia, que además es monumento nacional, también sufren el paso del tiempo. “Las torres sufren deterioro por el movimiento constante del peso de la calle 30. La edificación es monumento nacional desde 1996 pero no hemos recibido mayor apoyo al respecto porque hay una serie de trámites que hacen difícil acceder a los auxilios correspondientes”, señala el padre Peralta.

Las cuatro capillas, el altar mayor, el viacrucis colgado en sus paredes, imágenes de santos y ángeles, el púlpito clásico de la primera construcción, los acabados de cada pieza... todo converge en un paraíso arquitectónico que hoy, en medio de la festividad del patrono que celebra, late con fuerza e sobre una arteria vial importante, para pedir que su corazón no deje de latir. San Roque, el santo de los heridos, habrá de sanar las heridas que al tiempo se la ha dado por abrir.

Una vista única se aprecia desde el campanario de la iglesia 


Los enormes vitrales que adornan las paredes son otras
de las joyas artísticas de la iglesia. A contraluz, destaca su belleza.
A simple vista su brillo es casi opaco.

Una rosa perfecta remata lo más alto de la cúpula

Esta placa está ubicada en el ala que comunica con
el campanario de la iglesia. Está dedicada a
Dante Alighieri y nadie sabe quién la puso ahí. Data de 1921.

Recostado en la pared de la segunda planta de la edificación,
desde donde se aprecia por completo la iglesia, reposa un órgano
abandonado que da fe de los mejores años de la parroquia
y el clasicismo que siempre ha rodeado la edificación.

Al subir 80 peldaños de una escalera con
 forma de caracol se llega al campanario
de la iglesia de San Roque. Cuatro campanas
gigantes bañadas en polvo esperan que
la base que las sostiene sea restaurada,
pues con los años han empezado a ceder
.