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martes, 9 de diciembre de 2014

Artesanía de lujo bajo el sello Tcherassi

Les dejo aquí esta entrevista que hice a esta mujer de admirar, publicada por los diarios ADN y El Tiempo.

La diseñadora barranquillera, la cara más internacional de la moda colombiana, vuelve a apostarle a la manufactura nacional para ampliar su exitosa colección de accesorios y complementos.






Ya se le notaba, pero ahora lo corrobora. Silvia Tcherassi, como los grandes genios de la moda mundial, se rinde ante la exclusividad de una pieza elaborada a mano inigualablemente para llevar a la artesanía a su forma más sublime y así, hacer un trabajo de educación de manera implícita, en el que expone, con piezas de la mejor factura, el valor de un tejido ancestral, de las puntadas de una técnica indígena o de la intervención manual fusionada con materiales vanguardistas y aplicaciones de diseño.

Su nueva obra de arte se lleva del brazo, se llama canasto y tiene su inconfundible sello de perfección fashion. Las lentejuelas, cintas, canutillos y demás encantos que cuelgan del nuevo complemento Tcherassi hablan de una artesanía nacional con identidad, transformada y adaptada por quien sabe de moda para que el mundo la conozca. Para que Colombia entienda el potencial de su manufactura y se ubique en el radar de las grandes costuras latinoamericanas por obra y gracia de su diseñadora más internacional.

Usted le ha apostado a la artesanía de lujo en su concepto de moda. ¿Qué papel juegan las mochilas y ahora los canastos en su propuesta?
Siempre me ha gustado transformar piezas cotidianas, tradicionales, de uso diario, en algo extraordinario. Eso se pudo ver en las mochilas, que transformé por primera vez en prendas de lujo que incluso son coleccionadas y han generado toda una tendencia. Lo mismo pasa con los canastos, que a diferencia de las mochilas, están pensados para las ocasiones más casuales, pero que también están llenos de detalles y mucha pasión.
Piezas de lujo con un impecable trabajo manual

En sus clutches que homenajean a Cartagena y Barranquilla, la intervención era basada en fotografías y cristales Swarovski, que también están presentes en las mochilas. ¿Qué materiales se aprecian ahora en los canastos?
Las texturas siempre han formado parte de mi propuesta de moda. Y en los canastos he utilizado apliques de distintos materiales, además de incorporarles ciertos elementos, como charms, cintas, etcétera,  que le dan a cada uno su identidad.

¿En qué ciudades estará disponible esta colección de canastos? ¿Es limitada?
En todas mis boutiques. Teniendo en cuenta que la creación de texturas es realizada a mano utilizando materiales diversos que forman parte de mis archivos y mis colecciones y a cada uno le doy un “toque final”, podría decirse que son piezas únicas. No hay dos canastos iguales.

¿Seguirán las mochilas y clutches en sus planes luego de esta propuesta con canastos?
Claro que sí. El de las mochilas ha sido un proyecto bellísimo que ha tenido un impacto sorprendente en la promoción y difusión de la artesanía Wayúu y colombiana en general. Me siento comprometida con las comunidades que elaboran las mochilas que sirven de base para la intervención y juntos hemos aprendido y hemos perfeccionado nuestra técnica y nuestro trabajo. Los clutches son más bien conmemorativos, homenajes a Cartagena, a Barranquilla, celebraciones de nuestra cultura y nuestro colorido. Entonces, todos forman un componente importante de nuestra colección de accesorios.

Usted es la única diseñadora que tiene en Barranquilla un outlet permanente. ¿Es una manera de hacer su moda más democrática?
El outlet es una necesidad cuando tienes tu planta de producción, tu propia red de distribución y un manejo de inventarios muy dinámico. Pero en el caso mío, además es un espacio donde puedes encontrar prototipos de prendas que no salieron al mercado, piezas experimentales, es decir, es mucho más que prendas de la anterior colección.  Por tanto, como pueden contar quienes lo han visitado, es una verdadera caja de sorpresas. Está localizado al lado de mi boutique principal como prueba de que es algo especial.

Cartagena, territorio Tcherassi. Barranquilla, ‘coming soon’


Abanicos, el nuevo homenaje de Silvia a Cartagena
A propósito de su faceta como empresaria en el sector hotelero, ¿cuándo estará listo su nuevo hotel boutique en Cartagena y cuál es su oferta diferencial con la Mansión Tcherassi que ya existe?
Esperamos abrir puertas en el 2016. Este nuevo hotel tendrá 42 habitaciones, dos restaurantes,  un lounge-bar y un café. Y será el tercer hotel más grande del Centro Histórico de la ciudad, con un concepto que mezcla naturaleza, arquitectura y moda. Como bien dices, la actual locación en la Calle del Sargento Mayor se pasará a llamar Mansión Tcherassi, donde se atenderán huéspedes VIP con mayores requerimientos de privacidad.

En Barranquilla se han diluido los indicios que la señalaban como una candidata fuerte a ganar la concesión del hotel El Prado. Sin embargo, se está a la expectativa de los proyectos que pueda tener en la ciudad, en el sector de lo que será el Portal de Genovés. ¿Planea alguna construcción en esta zona?
En estos momentos estamos analizando distintas alternativas para un proyecto en Barranquilla que pensamos iniciar en el corto plazo. Cuando tengamos un proyecto con todos sus componentes configurados y su identidad definida, lo anunciaremos oficialmente.


Bonus track: La colección primavera-verano 2015 de Tcherassi es un deleite. Siluetas fluidas y estructuradas se ciñen a la cintura en tonos como el negro, el brazo y la gama de cobrizos. Tules y encajes se deshacen en las piezas, que se valen de cinturones recamados para marcar la cintura, que hacen de la propuesta una oda a la feminidad en tiempos de vanguardia, una sensualidad elegante. Bordados y texturas juegan a ser filigrana sobre cada prenda.





lunes, 23 de enero de 2012

El Prado, reservado para mí

No podía dejar de compartir con ustedes mi primera crónica publicada en el diario El Heraldo, en el suplemento Latitud el 22 de enero 2012. Las fotografías son de Rafael Pabón.

Detalle en perspectiva desde el 'lobby' del inmueble consentido del patrimonio arquitectónico local,
símbolo de la hotelería tradicional de Barranquilla





La entrada

Desde el aire parece una fortaleza feudal, un castillo medieval cercado por un borde reverdecido de copas de árboles, dispuestas como séquito de vigilancia que pernocta en la palpitante intersección de la calle 70 con carrera 54, justo en el corazón del más emblemático de los barrios de la ciudad. Las tejas del rojo ladrillo que separan el cielo del cemento de la edificación surcan los metros cuadrados que acunan las 200 habitaciones  dispuestas para acoger a todos los que se animen a dejarse embrujar por el encanto legendario del hotel insignia de Barranquilla.

La primera vez que visité el Hotel El Prado me pareció el lugar más asombroso del mundo, al menos, que estuviera a mi alcance. Sus paredes bañadas con la tradicional capa de color crema que invitaba a la más elevada sofisticación, sus ventanas coronadas con la carpa azul rey que parecían haber permanecido ahí desde los inicios del mundo, lo hacían parecer un monumento de forma pentagonal que se erigía solariego e imperioso en el barrio de los amores de la naciente ´Puerta de Oro’.  

Esta foto hace parte del dossier del hotel. Cortesía Hotel El Prado.
El pretensioso vestíbulo adoquinado con molduras de figuras neoclásicas se asoma como un tragaluz de tiempo completo. La estructura ha sido el anfitrión por excelencia de todo aquel que arriba a El Prado. En sus inicios era igual a esa especie de carpa azul que recubre las ventanas acrisoladas que se muestran en la fachada del inmueble consentido del patrimonio arquitectónico local. Con el tiempo evolucionó a la imponente mezcla de concreto de la que pende una araña tan antigua como el hotel, cubierta de una capa de laca tan negra como el ébano, tan rústica como las cadenas que la sostienen.

Su entrada imponente me hacía recordar los lobbies que había visto en televisión, en las películas americanas, esas que trataba de emular desde mi casa de 30 metros cuadrados en el suroriente de la ciudad. Era un vestíbulo ideal e idealizado, y me sentí como Macaulay Culkin en la antecámara del hotel  Waldorf Astoria, donde roería sus planes para no aburrirse en sus solitarias vacaciones en New York.


El lobby
Rafael Escalante ha hecho suyo el escalón que separa el jardín frontal del zaguán del hotel. Lleva 35 años trabajando como botones y no hay mejor anfitrión que él. Sus ojos verdes refulgen en su rostro hendido en años, enmarcados por unas cejas atravesadas por dos líneas blancas paralelas, teñidas del blanco típico de las canas -rezagos del tiempo- que interrumpen el negro original que las coloreaba. De caminar resuelto y afabilidad toda, se apresura a recibir a quien llegue a parar a la cúpula de bordes rectos y faroles taciturnos de épocas lejanas.

Llegué en un taxi, con mi mamá. La pizzería del hotel me esperaba con la ilusión del olor de los ingredientes que me guiarían como perro manso a su dueño ciego. Entonces me detuve. Las molduras de blanco ceniciento que se esparcen por el lugar se me antojaron fichas de colección. Avanzaba por el piso ajedrezado que como lienzo donde mis zapatillas de niña se deslizarían, terminaría por trazar un recorrido memorable, de esos de siempre recordar.

Lo primero de lo que uno se percata al pisar el lobby de la esta Joya Arquitectónica del Caribe es del inmenso árbol de Navidad que descansa en medio de los  juegos de sala que reposan allí. El primero fue traído desde Miami y se adosa con una fúlgida malla roja que lo envuelve y unos cuantos adornos que suman casi las dos décadas de existencia.  También es evidente el sello perentorio de la mueblería de Oriente, vestigio de los años en los que el hotel estuvo a cargo de los Nasser- Arana, expropiados de su posesión por los vínculos con el narcotráfico. Un sencillo centro de mesa navideño rompe la armonía de los textiles que forran la silletería importada. Un jarrón lleno hasta la mitad con bolas de acrílico moradas y plateadas. Giro la cabeza 90° porque sé que alguien me está mirando. Don Freddy Nieto, botones desde hace 26 años, me saluda con las pupilas entornadas en sus ojos repletos de sinceridad.

Sentí que me había descubierto, sin embargo, parece que a nadie le importó que yo estuviera ahí en ese preciso momento. Reparé con detalle las pinturas del maestro Loaiza, estampadas en la pared entre un ventanal y otro. Examiné los maleteros y el terciopelo rojo de las escaleras. Quise desfilar por ellas como la niña soñadora que quiere sentirse la reina del mundo, pero el sonido de un aparato en particular me sacó de mi ensimismamiento. El color marrón del teléfono que no paraba de sonar, similar al de una espesa malteada de chocolate, me recordó que tenía hambre.

“Botones, muy buenas tardes, habla Freddy…”. Esperé a que colgara para preguntar por lo que fui a buscar. Mientras, me fijé en el cuadro de eventos del día, que solo contenía una actividad empresarial de una reconocida agencia de viajes, justo en el último eslabón del tablero. Colgó. Entonces Freddy, de aspecto más sereno que Rafael, me hizo un breve resumen del maremágnum de personajes que ha desfilado por el primer hotel turístico de Latinoamérica, tan variopinto como numeroso.  Reinas, cantantes, políticos, hasta miembros de la realeza mundial; todos han coincidido en los predios del hotel de los amores de Barranquilla.

Pero Freddy interrumpe su relato y con un entendible lenguaje de señas me invita a seguir los pasos de su compañero.