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jueves, 21 de febrero de 2013

En memoria de la crónica, Ernesto

Este artículo fue publicado el 28/01/13 en el diario El Heraldo

El bebé de dos metros se presentó ante el entonces jefe de redacción de EL HERALDO, Juan Gossaín, con la siguiente frase: “yo soy él”. Ernesto McCausland siempre supo quién era y lo que quería hacer. En memoria de Ernesto nos reunimos ayer, en el Amira De la Rosa, en una de las sesiones de la última jornada del Carnaval de las Artes, para hablar de la crónica y sus matices, pero terminamos, en memoria de la crónica, recordándolo a él como uno de sus más grandes exponentes en el país; como un maestro magistral que enseñó cómo moldear su arte, con cámara fotográfica, cinematográfica, grabadora, lápiz y libreta en mano, pero sobre todo, con mucho olfato. Y disciplina.

Alfredo Sabbagh moderó una tertulia entre Óscar Montes, Alonso Sánchez Baute, Juan Gossaín y Marco Schwartz, su amigo de ‘Ernest’ desde el inicio de sus correrías en el periodismo, cuando antepuso la crónica por encima de todo.

El menor del ‘Kínder de Olguita Emiliani’, como llamaban en esa época a la sala de redacción de EL HERALDO, se rebeló ante la estructura piramidal de la noticia que enseñan en la academia sumergido en otros métodos más sensibles, capaces de convertir un hecho aislado en una historia con la cual reír –o llorar– en cualquier latitud.

Marco, hermano entrañable del fallecido periodista barranquillero, rememoró los primeros momentos del despertar del gran cronista, cuando Olguita, su maestra, lo miraba perpleja por el ‘atrevimiento’ de ese muchachito necio, que llegaba a ponerle su orden al revés. Pero Juan B. Fernández, director del diario y cómplice de esa naciente promesa del periodismo, le dio el aval para hacer de las suyas en una atmósfera estandarizada, a la que le dio luz y aliento. La renovó atrevidamente, encontró un camino propio y no se equivocó.

Y he aquí el que Gossaín considera el aporte más grande de McCausland al periodismo. “Fue recorrer, crónica en mano, todos los medios”.

Pero es que –sigue hablando, entre whisky y whisky, Gossaín- Ernesto no tenía otro remedio: nació Caribe y barranquillero. Su futuro, indefectiblemente, sería narrar, por todos los medios posibles, las inverosímiles y picarescas escenas que se recrean, a diario, en esta esquina del planeta. “Con gracia, con donosura”, palabras del hijo de San Bernardo del Viento para pintar algunos rasgos de quien fue nuestro Editor General.

Para Gossaín, la crónica fue el gran remedio de un McCausland que supo combatir, más de una vez, la enfermedad con su pasión por el género. “Encontró en la crónica el cordón umbilical con la vida”, y esa simbiosis que se formó entre él y el género, parió momentos únicos, trazados con palabras escritas, dichas, y hasta apoyadas en imágenes.

Talentoso como era, también tenía la disciplina y el rigor. Óscar Montes, editor encargado de EL HERALDO y quien trabajó de su mano en el último período de su vida, dio fe de eso, así como de su don de gente, de esa entrega apasionada por su trabajo, casi obsesiva, que logró dejar huella en el corazón de todos quienes lo conocieron. “No sé de alguien que conozca a Ernesto McCausland y no lo quiera”.

Al finalizar, una frase de esas para no olvidar vino de Alfredo Sabbagh: “una historia es un lazo que amarra un momento en el tiempo”. Si es así, Ernesto nos regaló un puñado de episodios anidados a letras, videos y voz, que hoy por hoy escriben una de las más insignes páginas del periodismo colombiano: la de McCausland, el bebé de dos metros que nunca envejeció, pues siempre vivió con el ímpetu de la juventud de aquel pelao recién graduado, enamorado de su obstinada pasión.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Para el maestro que creyó...


Hace un mes que se fue y no lo hemos asimilado. Hace una falta tremenda. Lo extrañamos y no hay más que decir. 



Se despachó enseguida, sin saludar, como solía hacerlo siempre. “De los once párrafos que tiene tu nota de hoy, cuatro no dicen absolutamente nada. Es una oda ególatra al ‘yo’ poeta. Sí, escribes muy lindo, pero al lector hay que darle datos”. Debí callar. ¿Había algo que responder? Cuando me atreví a balbucear, a intentar darle la respuesta que tácitamente pedía, solo osé decirle: “Es que la reportería no salió. No encontré nada bueno”. Un segundo y otro más. “Andrea, nunca puedes fracasar como reportera. En eso no tenemos derecho a fallar”.

Desde ese día, salgo a trabajar con la plena seguridad de que las historias están debajo de las piedras. Solo la pereza nos impide levantarlas. Sacrificio y obstinación. Esa fue la fórmula que me dio en sus primeros correos electrónicos, cuando me explicó en qué consistiría mi labor en El Heraldo. “Si te superas, y no te quiebras, pronto entrarás acá, progresarás, tendrás bebés…”. Creo que ya los he tenido. Cada nota, cada artículo, cada crónica, es un hijo que aprendo a concebir en medio de una lucha en la que —en palabras de él— no puedo claudicar: en aquella por no dejar de ser originales.
No vi a Ernesto McCausland durante más de dos meses. Llegué al periódico en los pasados carnavales y, al poco tiempo, él tuvo que irse porque tenía otra batalla que demandaba su tenacidad. Durante ese período de ausencia física siguió siendo el capitán de nuestro barco. Desde su teléfono, desde el iPad, comandaba a la tripulación de El Heraldo a larga distancia. Nos leía, nos corregía, nos aplaudía. Nunca dejamos de ser ‘nosotros’. Nunca dejó de estar cerca.
Me tocó su muerte por acá, en Bogotá, lejos y con frío. Una llamada a las 5:36 de la mañana, mientras sueñas que duermes en casa, no debía avisarme nada bueno. Hoy sigo acá, con el mismo frío, pero con un dolor con el que no llegué. Extraño estar en Barranquilla para sentir que estoy un poco más cerca de él para agradecerle por ese voto de confianza que me dio, a los 21 años, sin un cartón de periodista, pero con una crónica bajo el brazo: mi boleto de entrada a El Heraldo.
Fernando Araújo me mandó a escribir esto sin llorar. Esa es una razón más para no hacer caso. Cada dos palabras, se me vienen a la mente los delineados gestos de McCausland, sus pasos largos, su particular manera de pedirte una nota en la que todas tus energías se iban buscando algo innovador porque “lo pidió Ernesto…”.
Hoy les presto estas letras a mis compañeros de El Espectador, arropada con el sinsabor de no estar allá, para rendirle un homenaje al cronista que no solo brilló para sí, sino que prestó su luz para iluminar el camino de otros, como yo.
Gracias, Ernesto, por darle vida a un verbo que ya escasea: creer.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Para el cronista de siempre

Ayer, uno de mis maestros en el periodismo, editor del periódico EL HERALDO, donde trabajo, fue galardonado con el premio Simón Bolívar a la Vida y Obra de un periodista. El premio es, quizás, el más importante reconocimiento a la carrera del periodismo en este país. Ernesto McCausland Sojo es el nombre que ayer más aplaudieron los presentes a la ceremonia de premiación, y aunque él no pudo asistir, tuvo un par de representantes que no puede amar más su corazón: Marcela y Natalia, sus dos hijas. 

Yo, desde mi silla de redactora, tuve la misión de reseñar, un poco, sobre su carrera y su persona. Este fue mi homenaje:




El domingo pasado, en la edición semanal de la revista Latitud, suplemento literario de este diario, dos palabras coronaban la columna ‘El arte de narrar’, que sirve de abrebocas para dicha publicación. “Amor embotellado”, rezaba en el título. El autor solo podía ser uno: Ernesto McCausland.
“El amor no pertenece a los poetas. Tan humano es el amor, y al mismo tiempo tan sublime, que con toda seguridad prefiere no alojarse en violines e inspiraciones, sino en el pedazo de jabón que amanece allí, cada mañana, en una ducha de baldosines desdibujados: el amor es, a fin de cuentas, de quienes lo sienten, lo viven, lo padecen, superan sus fases perentorias con enjundia de guerreros, caen en la monotonía del desfile de los días para luego darse cuenta de que –después de diez, quince, veinte años– deben iniciar una estoica reconquista en cada despertar”, escribió.
Decir que una lágrima no se asomó tímidamente podría significar una mentira. Luego del trance emocional, de los sollozos invisibles, de una legión de pensamientos, vino –para muchos de nosotros– la pregunta: ¿cómo?, ¿cómo le hace para sacar, a quemarropa, con dulzura y ligereza, esa hojarasca de palabras cuidadosamente anidadas, inmensas y providencialmente sabias?
Parece que Ernesto estuviera envuelto en un velo onírico, de esos que solo visten a literatos, a sabios, como él. Y tan colosal como sus palabras es su persona. En ese cuerpo alto, forjado por el básquetbol y las letras, creció un “devoto creyente, juniorista consumado, que suele cantar vallenatos en fiestas familiares”, tal cual reza la frase autobiográfica con la que se dibuja.
El periodismo ha gravitado en su vida desde los 18 años. La crónica, su gran cincel para esculpir magistrales interpretaciones, sobre todo de ese sentir caribe a través de sus certeros trabajos periodísticos. El resultado: una hoja de vida colmada de reconocimientos, pero sobre todo, del más puro amor y respeto por el oficio.
Un premio merecido, esperado, se suma hoy a un cúmulo de galardones para exaltar una carrera plausible, que lejos de brillar para sí misma únicamente, ha iluminado el camino de quienes han tenido el privilegio de trabajar a su lado.
Para terminar, dos aclaraciones. La primera: todos los que conformamos la gran familia EL HERALDO nos arropamos en el honor de este premio para ese gran capitán que conduce nuestro barco. La segunda: todo nuestro amor embotellado, desde lo más profundo de esta redacción, es para él.


Su embajadoras leyeron esta extraordinaria declaración, que solo podía venir de él:

La urgencia de la crónica.  Me las he arreglado para hacerle creer a todos que soy cronista y —de semejante falacia— he logrado salirme con la mía.
 Aunque la crónica ha sido mi compañera inseparable a través de los caminos del periodismo,  lo digo con absoluta franqueza: todavía es la hora en que abuso del gerundio, sigo siendo  malísimo para los remates y en ocasiones incurro en el pecado mortal del melodrama.
 No sé si esta magna instancia, ante los colegas del jurado que ha tenido la deferencia de otorgarme este galardón,  un maestro del pensamiento universal como don Fernando Savater, y todo el estamento de la profesión que venero, sea la apropiada para salir a estas horas de la vida con una confesión de esa envergadura, pero bueno… algún día tenía que decirlo. La verdad es que me volví impostor de la crónica porque los caudales de la vida no me dieron otra opción:
 Mientras mis jóvenes colegas de hoy día leen en la primera página de los periódicos rígidas noticias sobre política, economía, orden público, gobierno y corrupción, yo bebí de una fuente muy distinta: la primera página de un periódico de mi infancia, bien podía incluir, a cuatro columnas, una crónica de Juan Gossaín sobre Pambelé, con la particularidad de que por ninguna parte aparecía la palabra boxeo; u otra de José Cervantes Angulo, sintetizando todo el fenómeno del primer narcotráfico —la bonanza marimbera— a través de los ojos de un sicario pavoroso al que apodaban “el Tín” …. Así las cosas, cuando llevaba dos años ejerciendo de manera empírica el oficio, bajo la tutela implacable de mi maestra Olga Emiliani, me brotó orgánicamente la opción de transformar una noticia de cumplimento en una crónica humana y sincera.
 Me fue publicada. Así comenzó el cuidadoso cultivo de mi farsa. Hoy he vuelto a cometer esa travesura casi que cotidianamente. Lo he hecho en radio, televisión, prensa y en todo medio en el que encuentro editor alcahueta dispuesto a creer lo que ya todos son culpables de creer. A una fría noticia cotidiana, en virtud precisamente al fuero que me he ganado, me doy el lujo de verterla en una paila y llevarla al fogón de la crónica.
 Pero no soy cronista por alguna recóndita verdad culinaria.
 Lo soy más bien porque instintivamente considero que con mi producto me aproximo más a la verdad. Tanto confío en lo anterior que tengo la certeza de que si a la Colombia contemporánea la hubiésemos relatado con temperatura de cronista —sin renunciar jamás a postulados básicos como el compromiso con la verdad y el equilibrio— tendríamos mucha más claridad sobre la dura realidad que nos asedia.
 En algún momento llegué a pensar que esta guerra —cuyo fin ojalá esté tan cerca como lo intuyen nuestros corazones— era vista por el país como un macabro cotejo futbolístico, en la cual un día ganaban los unos por goleada y al siguiente lo hacían los otros por estrecho margen. Tanto yo, como mis colegas que lideran medios de comunicación, estamos en mora de responderle al país por qué permitimos que el conflicto lo contaran las matemáticas y no la gramática.
 Y cada vez me doy cuenta con mayor claridad que el principal factor para ese vacío histórico, es financiero. Pocos empresarios de medios creen que vale la pena tener en la redacción a un elemento que pase todo un día en pos de una gran historia, luego la mastique, la deglute, y la produzca con el exquisito recurso de la más poética sencillez. Nos gusta más una moledora humana, que nos traiga tres buenas chivas, despachadas sin contemplaciones en seis gélidos párrafos.
 Y aquí mi punto: si yo me las he arreglado para hacer creer que soy cronista, ¿por qué no permitir que esa misma treta la haga cualquier elemento de la redacción?
 Jamás le he encargado una crónica a un periodista cualquiera de la redacción y siento que me haya decepcionado.
 No defiendo la crónica por algún motivo romántico,  de poeta nostálgico. Lo hago porque creo que, a través del aprovechamiento pleno de los recursos del lenguaje, del vuelo del espíritu que ella implica, de las herramientas estilísticas que aporta, de la honestidad que demanda, de su exploración real del ser humano, nos aproximamos más a la verdad. Por eso, al tiempo que agradezco desde lo más profundo de mi alma presente este homenaje, conmino al colegaje —y sobretodo al liderazgo de los medios— a abrir las compuertas de la crónica, el reportaje y géneros afines.
  Nunca es tarde para ser sinceros. Nunca es tarde para decir a plenitud la verdad. Y es —a fin de cuentas—  la manera más efectiva de canalizar toda esta divina pasión que nos despierta el oficio. Recibo este premio a nombre del periodismo que con múltiples dificultades se realiza en la provincia colombiana, especialmente en nuestra querida región Caribe. Aquí sigo aprendiendo cada día. Aquí, con una extraordinaria nómina de colegas y compañeros, rendimos el culto diario a la profesión más hermosa del mundo. 
Muchas gracias. 

Bonus track:  Si esto no es suficiente para quedar encantados con la pluma de Ernesto, aquí les dejo un plato fuerte: ernestomccausland.com