Estas damas no se escandalizan, tampoco lo aprueban. Esa es su función, permanecer inmutables, incorruptibles. Incluso ante hechos tan impíos como la belleza, esa escurridiza tentación que abandona la piel –y hasta el alma- una vez el tiempo marca su sentencia.
Las vi a lo lejos, desde aquel bus. Su humanidad falsa sobresalía en aquella calle ataviada de penumbra. Aquellos ojos sin ver eran lo único que evidenciaba su artificial condición. Sin embargo, sus siluetas me hicieron pensar en ellas como una persona de verdad. Será porque, en el fondo, su esencia es la misma que la nuestra: ser la fachada de un todo hueco, espacio vacío que se disimula con una buena postura y ropa a la moda para lucir.
Ellas suelen vislumbrar atardeceres tristes y noches de neón, precarias tardes de lluvia y numerosos días de sol. Contornos que ven, a través de su ventana, pasar la vida como en el cine, deambular las sombras de quienes carecen de rumbo fijo, de esos que no saben a dónde van. Su vitrina es trinchera de recuerdos acumulados, cinta que envuelve el constante vaivén de personajes, que parece nunca hallar un fin.
No pueden ver, ni oír, ni sentir. Tampoco llorar, reír o soñar. Son maniquíes. Resultado de la mezcla de estileno, fibra de vidrio, resina y otros cuántos químicos. Fórmula mágica que permite reproducir figuras por doquier, cuyo encanto consiste en la perfección de sus rasgos, despojados de cualquier mácula humana.
Y como impávidas siluetas de impecables medidas, encantadas por el hechizo de la eternidad, atraen miradas. En Barranquilla, la ciudad currambera por excelencia, más de un transeúnte gira su cabeza para examinar, así sea de reojo, aquel modelo casi divino, alejado de las corrupciones de la carne, como esperando a que le lance un beso, o en el caso más original, que aquel inerte material cobre vida y se goce, con desenfado, una champeta ´pegada´ en el momento, que suena de forma dispar en todas las emisoras.
También, en La Arenosa, donde se incrementa diariamente, con furor, el deseo de jovencitas y mujeres maduras de convertirse en un fiel retrato del estereotipo extranjero, impuesto por la conjunción del poder y la novedad, esas figuras de mirada fija reflejan el anhelo desmedido de las mujeres costeñas.
Engalanadas con el último grito de la moda –ya sea de pobres o burgueses-, las hay para todos los gustos, o mejor, para todos los presupuestos. Su atuendo oscila entre los $15.000 –en los populares segundazos- hasta el exorbitante millón de pesos. Un buen paseo por el Centro, en medio de patillazos y numerosas ventas ambulantes, dará como resultado un cuadro más que alentador para los bolsillos endeudados o con bajo nivel de ingresos: ajuares completos que no sobrepasan los $30.000 y que, si se saben cuidar, pueden resultar bastante duraderos, además de asegurar una mezcla de colores vivos, acordes al estándar que se impone en el momento. Al menos eso dice Samuel Rincón, un joven vendedor de un ´pulguero´ que no se cansa de llamar, a grito ahogado, a cientos de posibles compradores que merodean por el local.

Algunas visten de Armani o Channel; otras, lucen prendas cuya marca es el nombre de la protagonista de la novela de moda, o en su defecto, el del último descendiente del dueño de la surtidora de confecciones. Pero todas, pese a esto, conservan su esencia: el de servir de imagen y semejanza a cada generación que desvíe su mirada hacia ellos y se deje tentar por su mágico embrujo.
Son imanes irresistibles que ejercen una gravedad desmedida. Atracción arrolladora que desemboca en el acto favorito de todo comerciante: vender, tal como lo corrobora Silvana Benítez, administradora del almacén Review: “La ropa exhibida es la que más se vende. Los maniquíes definen mucho al momento de la compra”. Las arcas de unos cuántos se llenan paulatinamente por el milagro omnipotente de estas ´vírgenes sintéticas´, como les llamaría el maestro Gay Talese.

Pamela y Natalia, como fueron bautizadas sus compañeras, son las encargadas de lucir la ropa seria –debido a la postura- y los vestidos largos –por ser la elegante- , respectivamente. Las cambian todos los días, e incluso, diariamente pueden llegar a lucir hasta tres vestuarios, dependiendo de la aceptación que tenga la vitrina. “Aquí les hacemos sentir a los maniquíes que tienen realmente un hogar. Nosotras (las vendedoras) las cambiamos, las peinamos, les cantamos y les decimos que si no venden, al día siguiente les ponemos ropa fea”, manifiesta Grace entre risas.
La mayoría de personajes encargados de vestir a los maniquíes son los mismos trabajadores del local donde se exhiben, pero nunca faltan las grandes pretensiones y los pesos de más que acompañan al lujo y la distinción. El grupo español Texmoda, dedicado a la comercialización de prendas y accesorios, maneja un círculo de escaparatistas que viajan por todo el país e incluso por fuera de él, cuya única responsabilidad es actualizar las siluetas de estileno cada 2 o 3 semanas.

Siempre están ahí. Esbeltas damas que todo el año, impasibles, se adueñan del cristal, mientras ven la vida transitar al tiempo que las grietas del oficio comienzan a abrirse, literalmente. Sin embargo, un último consuelo les queda: aunque no puedan sentir ni pensar, saborear los matices placenteros de la existencia, algo sí pueden restregarle al mundo, mientras recuerdo por qué son consideradas un molde perfecto: eluden el tiempo y esconden la edad, morirán dignamente, con los años que nacieron, y que nada ni nadie nunca les robará.
No hay comentarios:
Publicar un comentario